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Terra
La Coctelera

Capítulo 4: "A perder o a ganar"

Bueno, decidí, quizás hacer un alto acá. Un break entre tanto llanto y palabrerio.

Creo que no me hace muy bien, al fin y al cabo que siga explicando como se desarrollaron los hechos. Estoy cometiendo quizás, el error que siempre intenté superar, el de quedar mirandome para atrás.

Por eso, ahora quiero ver para adelante. Quiero encontrar a esa persona que me haga bien, pero a ver, como les explico…que me haga bien en todo sentido. Que me quiera, que me mime, que me cuide, que me abrace, que me rete cuando sea necesario, que me de una mano, que me escuche, que me hable, que me mire, en fin, busco a esa persona.

Y sé que si yo sigo trabado acá no va a aparecer, y quizás la estoy teniendo muy cerca pero no la pueda ver…
Pero, ¿quién puede saberlo? si puedieramos saber todo…¿no sería muy triste?

Decidí jugarmela…

A perder, o a ganar, me harté de estar siempre pendiente de que pueda decir alguién, que pueda pensar, que pueda hacer. Por eso te estoy esperando, te estoy esperando para que me ayudes a cortar estos hilos que todavía tengo que me hacen ser, simplemente, una marioneta.

Capítulo 3: "Soy una marioneta"

Esto era solamente una parte de mi vida, también debía seguir con mi carrera, mi sueño de ser periodista poco y nada tenía que ver con esto. Pero, para mis padres, si. Debía considerar muy bien la idea, decían, porque una carrera así no es para personas como yo. Pero sabía y sé que están muy equivocados.

No solo estudiaba, también trabajaba: los horarios me dejaban libre a eso de las veintitrés horas y debía ir a la Universidad a las ocho de la mañana. Prácticamente dormía un promedio de cuatro horas diarias.
Estaba entrando en un cuadro de depresión. En una semana, mi peso se había pasado de 59,500 kg a 52,000…casi siete quilos en una semana, un kilogramo por día estaba perdiendo. Debo agradecerle a mi empleador, quién me recalcó esto, y me dijo que problema que tuviera, no podía permitir que afectara a mi salud.

A partir de allí intenté subir de peso, recomponerme, y lo fui logrando de a poco, hasta tocar un máximo de casi sesenta kilogramos nuevamente. Mi vida se había, quizás, estabilizado por un tiempo. Pero rápidamente vi que otra cosa se estaba derrumbando: mis estudios.

Una persona, quién yo consideraba algo así como una compañera,
integrante de un grupo al cual yo me integre, me empezó a alertar sobre esto. Yo veía que estaba enojada, no me hablaba, se molestaba por cualquier comentario -que yo creía inofensivo- hasta que un día no soporte más y le pregunte muy violentamente que le estaba pasando. Me dijo que sencillamente no podía verme así como estaba. Estaba destruyendo una carrera por algún motivo idiota, tal el trabajo. Me aconsejo que pensara muy bien que hacer de mi vida y que ella no podía, simplemente, no podía creer a la situación académica que había llegado.

Pasaron dos días, y entendí. Era mi carrera o el trabajo. Por el tipo de trabajo, cumplir satisfactoriamente con las dos cosas, era muy complicado, y yo no estaba con fuerzas para ello. Una tarde, al sol, lo decidí: mi renuncia debía ser inminente. Y así fue, al otro día decidí, prácticamente, no ir…apagué mi teléfono y deje todo librado a la merced. A la tarde, finalmente fui a comunicar mi retiro. Obviamente, fui tratado de muy mala manera, pero sentí que dejaba una gran carga.

A todo esto mi familia, especialmente mis padres, aplaudían mi decisión porque consideraban que otra vez estaba encaminándome a una vida más seria, lo que no sabían ellos, es que solamente había elegido dejar mi trabajo, no mi vida.

Mi peso ya estaba muy estable, volvía a descansar y mi situación
académica mejoraba. Las relaciones interpersonales fueron creciendo y me empezaba a sentir mucho mejor, tanto de salud como anímicamente.

Una noche, mientras hablaba con un compañero de la facultad -hasta ese entonces lo era- decidí conversarle por lo que estaba pasando y me dijo que el suponía, que ya sabía de alguna manera.

Lentamente me fui abriendo a él, y encontré en su persona, algo que no vi en mucha gente. Esas ganas de escuchar, pero escuchar bien, es muy extraño y puede no entenderse, pero hablar con él me ocasionaba lágrimas y hasta risa.

El, a partir de ese día, sería para mi, mi confidente por excelencia.
Es esa voz que siempre esta presente para decirme “no te dejes
pisotear”.

Mi padre, pobre, tiene una manera muy particular de ejercer violencia, y es mediante la palabra oral. Durante todo este tiempo he recibido apodos como: “hiena”; “rata”; “fracaso”; “ser indigno”;“sin-vergüenza”; “mie***”; “sore**” entre otros. Los cuales, en el momento que uno los recibe, no parecen gran cosa, pero más tarde cuando uno piensa que es su propio padre quien le dice esas palabras, cae en un mar de lagrimas. Además, mi papá siempre le dijo a mi madre que yo había preferido mi propia vida antes que a ella, y que yo en realidad nunca la quise. Mi mamá no decía nada, escuchaba, dolida ella y dolido yo, porque en el fondo estoy seguro que ella sabía que yo la amo con todo el alma. Pero mi padre se empecino en amenazarme con contarle a
todo el mundo, incluyendo a mi familia materna -única familia con la que cuento en la vida real debido a que hay conflictos con la paterna- además decía que yo no quería a mi madre.

Como verán, las relaciones con mi padre no son para nada sencillas. A hoy, puedo afirmarles, lo aprendí a odiar. Durante todo este tiempo aprendí, todas sus tácticas, sus movimientos. Saben, durante mucho tiempo me rebelaba contra él, y podía luchar mucho en cuanto a la palabra hace. Le hacia frente, por así decirlo. Pero ahora, esto no es así; ahora estoy callado, sin poder moverme, automáticamente el juega su carta favorita, “vos no tenes derecho a nada, después de lo que hiciste”…a veces me dan muchas ganas de modificarle la oración y decirle: “no es que lo hice, lo voy a seguir haciendo” pero creo que falta mucho para ese día. La cuestión es que Matías, mi nuevo amigo, me
esta enseñando a no permitir eso, a defenderme. Porque después de todo esto, mi persona se había reducido a la figura de una marioneta, y por eso, les pongo la letra de un tema de ABBA -mi grupo favorito- así la leen y comprenden mejor:

Oh sos tan libre, es lo que siempre me dicen

Todavía me siento en el exterior, empujado, refugiado

Algo anda mal, tengo la sensación de no pertenecer

Como si hubiera venido de otro planeta, de otro lugar

Soy una marioneta, solo una marioneta, tira del hilo

Soy una marioneta, la mascota de todos, todo mientras ellos quieren

Soy una marioneta, vean mi pirueta, giro y giro

Soy una marioneta, soy una marioneta, como un triste payaso

Como un muñeco, como un cachorrito sin nada

Y alguien me enseño como hablar, como caminar, como caer

No me puedo quejar, no tengo a otro que culpar que a mi

Algo esta pasando, algo que no controlo, esto es insano

Mira así, una simple sonrisa, es lo que me dicen

Te verás mejor en la foto si sonríes, así es.

Capítulo 2: Intermezzo No.1

Por primera vez, se confirmaba lo que siempre había pensado: estaba solo. Por donde mirara, nadie sabía que me estaba pasando. Desde chico fue educado con que Dios nunca nos iba a permitir que nada nos hiciera mal. Comprobé que no, que eso no era cierto. Así que decidí abandonar todos mis años como católico y caer en lo que algunos consideraran algo así como una estupidez: el agnosticismo. Creer, solamente en aquello
demostrable. Pero no es mi objetivo tampoco entrar en una discusión de índole religiosa.

Yo seguía yendo a mis sesiones con la psicóloga y a veces eran una tortura pero otras me encontraban realmente a gusto. ¿Por qué era una tortura? Les voy a explicar: mi mente a partir del primer día se dividió en dos discursos -quizás en muchos más pero por ahora digamos que son dos- el discurso moralista de mis padres y el discurso “revolucionario de autodeterminación” de mi profesional. Entonces yo me encontraba en un juego de dos puntas, en un pasillo con dos puertas.
Pero, pasaría un tiempo hasta que yo entendería que no tenía que entrar en ninguna de esas puertas, sino más bien, hacer mi propia puerta, a través de esos muros tan duros.

Mientras todo esto pasaba, yo estaba obligado bajo palabra a no seguir con mi estilo de vida. Pero, tal vez, la naturaleza fue más fuerte y quebré esa promesa. En una ocasión fingí salir con una amiga de la facultad, en realidad estaba con un chico en la Capital Federal, y dos semanas más tarde, hice exactamente lo mismo.

La situación en la familia se había estabilizado, pero una noche,
también, llegado del trabajo, mi madre, al entrar yo, me miró de reojo y estaba con los ojos vidriosos.

Pregunté que estaba pasando y me contestaba que nada, que pronto estaría la cena y que me vaya preparando. Pero, de anticipo, me dijo que yo sabía perfectamente que andaba pasando.

Cuando subo a mi cuarto, encuentro que mi bolso había sido,
prácticamente desvalijado y había dos pasajes de colectivos que había usado yo para ir a la Capital Federal.

Lo primero que atine a hacer fue enojarme porque mi privacidad, un derecho básico de toda persona, había sido violada. Pero después rápidamente me callaron, tanto mi padre como mi madre. Empezaría de esta manera, otro nuevo período de daño y enojo.

El análisis clínico y el control de VIH seguían vigente, pero yo no
prestaba mi conformidad, porque creía, que era otra violación de mis derechos básicos como persona, era el decidir sobre mi cuerpo y no se los podía permitir.

Para ese entonces, también existía una prohibición: la de no ir nunca más a la Ciudad de Buenos Aires. Pero, una mañana intenté violarla, y fingiendo que iba a la facultad, tomé el tren y termine en Palermo, y luego en el barrio porteño de Congreso, en la casa de un amigo. Planeé todo para estar en mi casa a la hora habitual, pero no sé porque extraña razón el plan falló. Falló de manera ambigua, y es el día de hoy que no logro entender en que me equivoqué para que mis padres supieran de mi huida.

Ese mismo día, a la tarde, aprovechando mi padre que yo debía ir al médico, decidió acompañarme. Yo accedí, y dentro de mí había algo que me decía: preparate porque la vas a pasar mal. Y así fue. Mi papá se bajo y hasta entro conmigo a la consulta médica. Ahí, yo le comenté al medico que no me estaba sintiendo bien, y la respuesta del profesional fue que estaba en un preocupante cuadro de stress. Me hice el que poco me importaba, y mi padre se interpuso en la conversación para solicitar un análisis clínico y además, el examen de VIH.

El médico, que pasado el tiempo me acuerdo, me sonrió diciendo: “Sé por lo que estas pasando” y me pidió que autorizara el antes mencionado estudio. Tranquilamente pude haber dicho allí que yo no autorizaba tal cosa, mas algo me dijo que debía hacerlo. Y así fue, dí mi conformidad, y para el fin de semana ya tendría que estar sacándome sangre.

Así fue, llegó el día de la extracción, y también en esa ocasión debí soportar la presencia de mi padre en todo momento.

Ahora quedaba esperar un resultado, una sentencia, un fallo.

Capitulo 1: "El Golpe Interno"